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Palabra Creadora

INTROD. EPÍSTOLAS SAN PABLO, XIII

INTROD. EPÍSTOLAS SAN PABLO, XIII

CARTAS A LOS EFESIOS Y COLOSENSES (II) 

Ante la hipótesis de que el autor de estas cartas es alguien diferente a Pablo, tocaría admitir también que se trataría de una persona con capacidad creadora parecida a la de él,  pero dispuesto a repetir servilmente frases enteras de otras cartas paulinas.  Esta dificultad de encontrar un autor tan híbrido para Efesios es una de las principales razones que han impulsado a algunos críticos a suponer que Colosenses, de la que están tomadas la mayoría de las frases, no era tampoco de Pablo.  Partiendo, pues, de que la hipótesis más probable es la que admite la autenticidad paulina de estas dos epístolas,  mas  no la única posible, podríamos reconstruir el origen paulino de Colosenses y Efesios de la siguiente manera: 

Los errores en Colosas, contra los que escribe Pablo, no son todavía de los gnósticos del siglo II, sino más bien ideas que se encuentran habitualmente entre los judíos esenios.  El peligro provenía de las especulaciones judías, Col 2, 16, sobre las potencias celestiales o cósmicas a las que se atribuía el poder de dirigir la marcha del cosmos.  Los Colosenses exageraban tanto su importancia que comprometían la supremacía de Cristo. 

El autor de la carta acepta el planteamiento del problema sin poner en duda la actividad de tales potencias; incluso las equipara con los ángeles de la tradición judía,  ver 2, 15. Pero lo hace precisamente para situarlas en su justo lugar en el gran plan de salvación.  Las potencias han desempeñado su papel como intermediarios y administradores de la Ley.  Hoy en día ese papel ha concluido.  El Cristo Kyrios, al instaurar el orden nuevo,  tomó en sus manos el gobierno del mundo.  Su exaltación celeste le ha elevado por encima de las potencias cósmicas, a las que ha despojado de sus antiguos atributos, 2, 15.  Y él, que ya dominaba en virtud de la primera creación, a título de Hijo, imagen del Padre, las domina definitivamente como la cabeza de ellas en la nueva creación, en la que ha asumido en sí todo el pléroma, es decir,  toda la plenitud del Ser, de Dios y del mundo en Dios,  1, 13-20. Los cristianos, liberados de esos “elementos del mundo”, 2, 8-20, por su unión con la cabeza y la participación de su plenitud, 2, 10, ya no tienen por qué colocarse bajo la tiranía por medio de observancias anticuadas e ineficaces, 2, 16-23.  Unidos por el bautismo con Cristo muerto y resucitado, 2, 11-13, ellos son los miembros de su cuerpo y sólo de él, como de su cabeza vivifante, reciben su nueva vida, 2, 19. 

Estas perspectivas se repiten en las epístolas a los Efesios.  Pero el esfuerzo polémico para asignar su puesto a las potencias ha producido sus frutos, Ef 1, 20-22, y las miradas más bien se dirigen a la Iglesia, cuerpo de Cristo que se dilata con las dimensiones del universo nuevo, “plenitud del que lo llena todo en todo”, 1, 23.  En esta contemplación suprema que es como la cumbre de su obra, el autor reitera muchos temas antiguos para ordenarlos en la síntesis más vasta a que ha llegado.  Vuelve a considerar especialmente los problemas de la epístola a los Romanos, esa obra cumbre que coronaba la etapa anterior de su pensamiento. No sólo evoca en breves palabras el pasado pecador de la humanidad y sobre la gratuidad de la salvación por Cristo, 2, 1-10, sino que también reconsidera el problema de los judíos y de los gentiles que anteriormente le angustiaba, Rom  9, 11.  Y en esta ocasión lo hace a la serena luz de la escatología realizada en el Cristo celeste: en adelante, los dos pueblos se le presentan unidos, reconciliados en un solo hombre nuevo, y caminando de común concierto hacia el Padre, Ef 2, 11-22. 

El gran  “misterio”  es el acceso de los gentiles a la salvación de Israel en Cristo,  de este misterio se despliega una infinita sabiduría sobre la insondable caridad de Cristo que en él se manifiesta,  sobre la elección enteramente gratuita que ha hecho de él el ministro de ese misterio, 3, 2-8.  Este plan de salvación se ha desarrollado por etapas conforme a los designios eternos de Dios, 1, 3-14, que culminan en los desposorios de Cristo con la humanidad salvada que es la Iglesia, 5, 22-32.

  

 

Fuente : Biblia de Jerusalén

 

 

 

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