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Palabra Creadora

EL LIBRO DEL PROFETA EZEQUIEL PARTE II

EL LIBRO DEL PROFETA EZEQUIEL PARTE II

El profeta Ezequiel es ante todo un visionario. A pesar de que su libro sólo contiene cuatro visiones propiamente dichas,  ocupan un espacio bastante considerable :  1-3;  8-11; 37; 40-48.

Estas visiones descubren un mundo fantástico:  los cuatro animales del carro de Yahvé, la zarabanda cultual del Templo con el rebullicio de ganado y de ídolos,  la llanura de los huesos que se reaniman,  un Templo futuro dibujado como en el plano de un arquitecto, y donde brota un  río de ensueño en una geografía utópica.  Este poder de imaginación se extiende a los cuadro alegóricos que pinta el profeta : las dos hermanas Oholá y Oholibá,  23,  el Naufragio de Tiro, 27, el Faraón-cocodrilo, 29 y 32, el Arbol Gigante, 31, la Bajada a los Infiernos, 32.

El arte de Ezequiel se hace valer por sus dimensiones y su relieve, que crean como un atmósfera de horror sagrado ante el misterio de lo divino.

Se puede deducir que, a pesar de estar unido a sus predecesores por muchos rasgos, Ezequiel abre un camino nuevo,  y que también se aplica a su doctrina.  Ezequiel rompe con el pasado de su nación.  Si Dios salva al pueblo no lo hace por las promesas hechas,  sino por la defensa de la honra de su nombre. El mesianismo de este profeta,  que no es muy explícito,  ya no es regio y glorioso:  es cierto que anuncia a un futuro David, pero éste no será más que el “pastor” de su pueblo,  34, 23; 37, 24,  un “príncipe”, 24, 24, y no un rey, pues para reyes no hay lugar en la visión teocrática del futuro, 45, 7s.

Ezequiel rompe también con la tradición de la solidaridad en el castigo y afirma el principio de la retribución individual, 18;  ver 33. Solución teológica provisional que, desmentida muy a menudo por los hechos, llevará poco a poco a la idea de una retribución de ultratumba. 

Aunque Ezequiel era un sacerdote muy vinculado al Templo, rompe, como ya había hecho Jeremías, con la idea de que Dios esté ligado a su santuario.  En Ezequiel se concilian el espíritu profético y el espíritu sacerdotal que tantas veces habían sido opuestos. 

Toda la doctrina de Ezequiel se centra en la renovación interior:  hay que hacerse un corazón nuevo y un espíritu nuevo, 18, 31, o mejor,  Dios mismo dará “otro” corazón, un corazón “nuevo” 11, 19; 36, 26.  Como en el caso de la benevolencia divina que previene el arrepentimiento, nos hallamos también aquí en el umbral de la teología de la gracia que desarrollarán San Juan y San Pablo.

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