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EPÍSTOLAS DE SAN PEDRO

EPÍSTOLAS DE SAN PEDRO

PRIMERA EPÍSTOLA DE SAN PEDRO

Dos epístolas católicas reivindican la paternidad de San Pedro.  La primera, que lleva en el saludo el nombre del príncipe de los apóstoles, 1, 1, fue admitida sin oposición desde los cimientos de la Iglesia: utilizada probablemente por Clemente de Roma y ciertamente por Policarpo, es atribuida explícitamente a San Pedro a partir de Ireneo.  El apóstol escribe desde Roma (Babilonia, 5, 13), donde se encuentra con Marcos a quien llama “su hijo”.  Aunque sabemos muy poco acerca del fin de su vida, una tradición muy atestiguada le hace venir efectivamente a la capital del imperio, donde murió mártir bajo Nerón (¿64 ó 67?). Se dirige a los cristianos “de la Dispersión” precisando los nombres de cinco provincias, 1, 1, que prácticamente representan el conjunto del Asia Menor.  Por lo que dice de su pasado, 1, 14. 18; 2, 9s; 4, 3, da a entender que se trata de convertidos de la gentilidad, si bien no se excluye la presencia de judeocristianos entre ellos.  Por eso les escribe en griego; y si este griego, sencillo, pero correcto y armonioso, parece demasiado bueno para el pescador galileo, conocemos el nombre del discípulo-secretario que le pudo ayudar en su redacción: Silvano, 5, 12, a quien comúnmente se identifica con el antiguo compañero de San Pablo, Hch 15, 22+.

El propósito de esta epístola es sostener la fe de sus destinatarios en medio de las tribulaciones que les asaltan. Se ha querido ver en ellas persecuciones oficiales como las de Domiciano o aun las de Trajano, lo que supondría una época muy posterior a San Pedro. Pero nada parecido exigen las alusiones de la epístola.  Más bien se trata de violencias privadas, de injurias y calumnias que la pureza de vida de los convertidos les concita de parte de aquellos cuya conducta desarreglada abandonaron, 2, 12; 3, 16; 4.12-16.

Otra dificultad se ha suscitado contra la autenticidad de la epístola: el uso considerable que parece hacer de otros escritos del NT, especialmente de Santiago, Romanos  y Efesios, y que sorprende tanto más cuanto que, en cambio parece utilizar poco el Evangelio.  Sin embargo, las reminiscencias evangélicas, aun siendo discretas, son numerosas: y si estuvieran más subrayadas, no faltaría quien dijera que un seudónimo trato así de hacerse pasar por Pedro.  En cuanto a las relaciones con Santiago y Pablo, no deben exagerarse.  Ninguno de los temas específicamente paulinos (valor transitorio de la Ley judía, cuerpo de Cristo, etc.) aparece en la epístola.  Y muchos de los temas que igualmente se consideran “paulinos”, porque no son conocidos sobre todo por las epístolas de Pablo, en realidad no son más que el fondo común de la primitiva teología cristiana (valor redentor de la muerte de Cristo, fe y bautismo, etc.).  Los trabajos de la crítica reconocen cada vez más formularios de catequesis primitivos, florilegios de textos del AT, que pudieron ser utilizados paralelamente por los diversos escritos en cuestión, sin que entre ellos existiera dependencia directa. Y si, a pesar de ello, subsiste aún cierto número de casos concretos en que 1 Pedro parece que, efectivamente, se inspira en Romanos o en Efesios, esto puede admitirse sin rechazar la autenticidad: San Pedro no poseía la envergadura teológica de San Pablo, y muy bien pudo recurrir a los escritos de este último, sobre todo cuando se dirigía, como aquí, a círculos de influencia paulina.  Tampoco se debe olvidar que su secretario Silvano fue discípulo de ambos apóstoles.  Finalmente es de justicia señalar, junto a estas afinidades paulinas, las conexiones que algunos intérpretes han creído descubrir entre 1 Pedro y otros escritos de ambiente petrino, como el segundo Evangelio o los discursos de Pedro en los Hechos.

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