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Palabra Creadora

ORAR CON LOS SALMOS

ORAR CON LOS SALMOS

 

Es tan evidente la riqueza religiosa de los salmos que no son necesarias muchas palabras.  Ellos fueron la oración del Antiguo Testamento, en la que el mismo Dios inspiró los sentimientos que sus hijos deben albergar con respecto a él y las palabras de que deben servirse al dirigirse a él. Los recitaron Jesús y la Virgen, los Apóstoles y los primeros mártires.  La Iglesia cristiana ha hecho de ellos, sin cambiarlos, su oración oficial.  Sin cambios, esos gritos de alabanza, de súplica de acción de gracias, arrancados a los salmistas en las circunstancias de su época y de su experiencia personal, porque expresan la actitud que todo hombre debe adoptar ante Dios.

Sin cambios en las palabras, pero con un enriquecimiento considerable del sentido: en la Nueva Alianza, el fiel alaba y agradece a Dios que le ha revelado el secreto de su vida íntima, que le ha rescatado con la sangre de su Hijo, que le ha infundido su Espíritu, y, en la recitación litúrgica, cada salmo concluye con la doxología trinitaria de la Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.  Las viejas súplicas se hacen más ardientes una vez que la Cena, la Cruz y la Resurrección han enseñado al hombre el amor infinito de Dios, la universalidad y la gravedad del pecado, la gloria prometida a los justos. Las esperanzas cantadas por los salmistas se realizan; el Mesías ha venido y reina, y todas las naciones son llamadas para que lo alaben.

 

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